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LOS GRANDES AMORES DE JEAN COCTEAU

CRONOLOGÍA Naturalmente el propósito de esta nota no es el chisme sino iluminar algunos pasajes biográficos del más grande multiartista...

viernes, 23 de noviembre de 2012

TEOREMA RASGUÑADO EN UNA LÁPIDA


F. García Lorca (1898-1936)
R. De Maeztu (1875-1936)


 

















Juro que una saeta puede transformar la historia.
Por probarlo, pongamos el caso de que alguien llamado Federico
está al piano cuando vienen a buscarlo
para un fusilamiento que talvez desea: el suyo.
Después, alguien llamado Ramiro está en una plegaria
cuando llegan a buscarlo para su fusilamiento: otro. 
Ambos son más viejos a diario en sus retratos
y sin embargo podrían probar que el amado de los Dioses muere joven.
Ambos tienen libertad: el piano, la plegaria.
Ambos escogen no tenerla: la plegaria, el piano.
Ese día irán del peine a la aceituna
en menesteres de esquelas que no serán enviadas,
habrán de respirar en la zozobras de siestas y quimera,
saldrá uno con Joaquim, con Rafael el otro,
la misma amistad en dos escenas: única charla.
Luego habrá un obituario en Granada y otro en Aravaca.
Uno tendrá la memoria bulliciosa
de un cascabel trasnochado en bulerías
o un ragtime vicioso. El otro
tendrá un silencio empedernido: otra memoria.
Habrá dos lápidas con un mismo año,
dos apellidos en una moneda: Maeztu, García.
Comodidad vesánica a contrapelo de las tareas diurnas,
un epitafio sólo es posible en el imperio de negarse: un deseo imperioso.
Un mensaje a la muerte es asfixia, brocal sin pozo, página que se lee por debajo
como el odio de dos enemigos que no se conocieron.
La muerte se lee en el espejo empavonado por un hálito al azar: el último;
recibe atributos eligiendo sus contrarios: injusta, cruel, insidiosa, absurda.
Y la moneda sigue girando en el aire
antes de caer con un veredicto que hermanará a dos muertos,
dos extraños atados por el odio.
Algo erótico ronda en los epitafios: afirmación retenida en el clímax,
instinto sometido por rabia o por placer
como el amante que se niega al abandono.
Yo por mi parte
a ratos inauguro mi propia secta de vivos y de muertos
rindiendo honor a los fundadores-de-cualquier-cosa
mientras no presuman de buena conciencia: la más sucia.
Sencillo e imposible: con banderas no se juega.
Un poeta, el más explotado de todos,
sólo puede aspirar al fuego cruzado de las consagraciones.
A mí me habrían fusilado gustosos los dos bandos
en 1936
y ni siquiera podría pedir mi engañifa predilecta
como inscripción para un sepulcro de dos caras.





(Piedra Negra, 2009)
© Leonidas Rubio
2012

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La moral y las buenas costumbres



El autor en 1977




A los ocho años
                                   me deseaban
los árboles de tronco retorcido
que daban sombra hacia lados opuestos; 

los agujeros en la madera socavada de termitas,

los ojos en la cáscara hueca del adobe
                                   me deseaban;

el portón de hojas de Carmen 808 y 810 esquina Manuel Montt de Curicó
                                   me deseaba; 

la década de los 70, el centinela de la cuadra después del toque de queda
(un conscripto moreno de perfil etrusco)
                                   me deseaba;

la rasuradora, la despatilladora, el quitapelusa
y el peluquero sin nombre
que enseñaba con jactancia su arsenal curativo
                                   me deseaban;

las tumbas vacías, los colchones rotos
de donde escapaban las motas de lana de cordero apaleado,
los catres
                        con los gritos del cordero dentro
                                   me deseaban; 

a mi pelo de aserrín meado, de hilachas de maíz,
a mi pellejo sediento picado de viruela,
a mi antebrazo embutido con marcas de vacuna
                                   lo deseaban;
 
el purgante para la serpiente solitaria del paraíso
y el rosario de las siempre vírgenes de la gran tribu
                                   me deseaban;
 
los sacos de cebolla, las vigas del tijeral,
las telarañas al fondo donde la luz tiene un olor húmedo
poblado de nudos y esporas
                                   me deseaban;

los gatos furiosos por no encontrar su quicio de entrada
desde la calle, desde la noche, desde el otro mundo
                                   me deseaban; 

el venerable que creía ser menos homosexual
porque me decía “niña”
arguyendo confundirse con mi pelo
y mi pánico de convertirme en niña
por ser precoz idólatra de ese gran dios falo atrapado repentinamente
por un cierre “marrueco”;

las formas de las ropas vacías, las cajas con insectos
y los zapatos con guijarros
                                   me deseaban;

las matronas nunca satisfechas
amparadas en los siglos de sacralización del útero
y su lacra de santa madre y esposa
                                   me deseaban

para hacer de mí otro muñeco de cuento,
otro objeto en el ajuar,
otra ropa interior a la medida,
otro trapo sucio entre sus piernas; 

el cura confesor, el frater catequista, el lamento gregoriano,
los peces recién multiplicados,
el vino brotando del tajo en el costado,
el psicópata San Agustín, el sexy San Sebastián
y la sábana de Turín con la eyaculación atómica de dios
                                   me deseaban;

El Sr. Aschenbach diciéndome expresamente:
“nunca debes sonreír
así, a nadie”;
                                   me deseaba;

la peste del río Guaquillo
arrastrada por el siroco mañanero
y Franz Kromer, el bruto del barrio, hurtador de bicicletas
                                   me deseaban;

los días mayo y las horas domingo,
los perros septiembres y los besos
con mermelada y hierba
                                   me deseaban;

la Virgen del Cerro Condell
con labios y paños mayores
pestilentes a esperma de cirio retostado
                                   me deseaba;

el aliento a vino barato, el sudor con etanol
en las camisas de mi padre
                                   me deseaban;

porque me aborrecían todos
al igual que yo me aborrecía
y al igual que todos
en el agua o el espejo o después de vivir el nicho diurno
que era la vida prestada por los otros

yo
            me deseaba.
 

© Leonidas Rubio, 2012

viernes, 16 de noviembre de 2012

ADICCIÓN A PHILIP GLASS





1- Contexto


Vivir con pocos acordes.
Pocos pasos para construir: templo,
cuerpo, signo, edad, día.
En la lucha entre el tiempo y el placer
triunfa el recuerdo.

Construir el cuerpo en pocos acordes.
Vivir en pocos pasos; signo,
día, templo, edad.
Entre el tiempo y el recuerdo
lucha el placer.

Pocos pasos para luchar.
Entre el signo y el templo
vive el cuerpo.
Día, edad, recuerdo:
construir en pocos acordes.


2.- Subtexto


Se abrió otro cerebro en mí.
Era una flor cerrada en una piedra,
una vértebra pasmada en la columna,
un aborto temprano en el pasillo,
un árbol castrado en el poliedro
y sucedió
el adagio del concierto Tirol para piano y orquesta,

el Opening Glassworks (¿y los días líquidos,
dónde escurren los días?), las Metamorfosis.

 Y aconteció
el sánscrito,
el mínimo común denominador en las procreaciones,
la simpatización de los horarios.
Accedió,
                        acaeció
la estática electrizada que precede el cambio
de proceder y parecer,
el Changing opinion* del murmullo, el resuello y el zumbido.

Ahora tengo otro cerebro
y no sé qué hacer con el punto de origen.


3.- Infrasonido


Pero no se lee audible.
Suena lejos hacia abajo,
hondo hacia los costados,
un sub post ex placer
triste hasta la licantropía,
frío en la luz del albedo
hipertensado,
circunferenciado,
no espaciable,
el segundo movimiento de Tirol,
la gota
            gota
                        gota
                        nota
                                   herida
                                   orada
                                   un centro,
un deseo nacido muerto,
aleteando contra el hielo,
el piano
cachorro envejecido
muriendo
                        en la transparencia.


4.- Contra relato


Dejó el vaso en un desnivel del velador, donde están en juego otros deseos. Tomó una mariposa nocturna atraída con el olor del semen en sus manos, olor de melancolía. La tomó por las alas que se le iban deshaciendo mientras buscaba un sitio para una muerte minimalista. Era cada vez más blanco. Lo comprobó hundiendo un dedo en el papel y en sus mejillas con el mismo frío, frío inaugural de mundos, noches desarticuladas en el despoblamiento, órganos de sentidos obsoletos. Bebió algo más: tíbicos o el whisky sanguinolento de su orina. Se recordó a sí mismo y tuvo compasión por ese extraño. Con una lámpara más huérfana que ayer enumeró la crepitación de luz cinérea sobre el piano nimbado de polillas, incitante de seres condenados, infinitesimales, entre las corcheas de la pauta. Y tocó el movimiento II, adagio, del concierto Tirol para piano y orquesta, de Philip Glass, mientras iba, lentísimo, haciendo efecto el veneno.

 

 Tirol, Movimiento II:



Changing opinion*:



*
CHANGING OPINION
Texto: Paul Simons / Música: Philip Glass

Vocalista: Bernard Fowler
De: "Canciones para los días líquidos", CBS Records; 1986


Gradually
we became aware
of a hum in the room

an electrical hum in the room
It went mmmmmm

We followed it from
corner to corner
We pressed out ears
against the walls
We crossed diagonals
and put our hands on the floor
It went mmmmmm

Sometimes it was
a murmur
Sometimes it was
a pulse
Sometimes it seemed
to disappear
But then with a quarter-turn
of the head
it would roll around the sofa
A nimbus humming cloud
mmmmmm

Maybe it's the hum
of a calm refrigerator
cooling on a big night
Maybe it's the hum
of our parents' voices
long ago in a soft light
mmmmmm

Maybe it's the hum
of changing opinion
or a foreign language
in prayer
Maybe it's the mantra
of the walls and wiring
Deep breathing
in soft air
mmmmmm

*



CAMBIO DE OPINIÓN
Texto: Paul Simons / Música: Philip Glass
Vocalista: Bernard Fowler
De: "Canciones para los días líquidos", CBS Records; 1986



Gradualmente nos dimos cuenta
de un zumbido en la habitación
un zumbido eléctrico en la sala
fue... mmmmmm

Lo seguimos de esquina a esquina
Pulsamos las orejas contra las paredes
Cruzamos diagonales
y al poner las manos en el suelo
fue... mmmmmm

A veces era un soplo
A veces era un pulso
A veces parecía desaparecer
Pero a continuación, con un cuarto de vuelta
de cabeza, rodea el sofá
un nimbo de nube zumbadora
...mmmmmm

A lo mejor es el zumbido
de un refrigerador en calma
enfriando en una gran noche
A lo mejor es el zumbido
de las voces de nuestros padres
hace mucho tiempo en una luz suave
...mmmmmm

A lo mejor es el zumbido
de un cambio de opinión
o una lengua extranjera
en la oración
Talvez es el mantra
de las paredes y el cableado
La respiración profunda
en aire suave
...mmmmmm



© Leonidas Rubio, 2012