sábado, 27 de octubre de 2012

CALLES SON CANCIONES




 


Y se lo vengo a decir yo:
                                   un día la tierra choca con el hombre
y en la polvareda asciende la memoria.
¿Yo, que no plantaré un árbol en su nombre?
Pero acaso un hijo, un perro,
                                   una campana,
me abran paso hasta el bosque
donde cada sombra tiene su luna
                                   y todos los libros se deshojan.
Dice Max: "no maldigas, que tu próxima vida
                                   es ésta". Debemos hacer un sortilegio
y qué difícil es hallar dónde tocar madera
                                   bajo el hollín opalescente
igual que aquella noche
cuando la única Esmeralda era el nombre de la calle;
presentábamos mi primer atrevimiento
y un tifón nos estampó en el fondo
de retratos familiares donde no hay parientes.
"En esta ciudad lo más cercano a la madera
                                   es una caja de fósforos". No lo dije
pero oficié el rito con usted, que embromaba
                                   en francés un brindis para pasar agosto
                                   mientras yo dejé para mañana
                                   la decisión de ser sabio.

Ahora transito por la única ciudad de Chile
donde no hay más modo de cantar
                                   que hacerse el ciego. Doy tres veces
                                   la hora en una plaza
                                   donde anidan palomas mutantes
y los pasajeros del viernes olfatean
                                   a alguien que les pague un par de tragos
                                   o con quién contagiarse el ve - i - hache.
A usted le vieron con bastón
poco antes de no volver a verle. Culpé
                                   al mate amargo de no dormir esa noche
y por no conciliar el sueño hice un amor inconciliable,
castigué mis palabras en un cuerpo mudo,
grité en jerigonza el nombre de Jesús
al que pongo en duda por su parecido conmigo.

¿Será cierto que más vale una buena canción que un mal poema?
La ausencia es mi madre, lo juro
aunque éste bien podría ser mi peor verso.
No existe el cielo: el suelo es cada día más redondo.
Mientras tanto el sarro de la llovizna cae con el techo
                                   y las réplicas de la noche
                                   son más negras que la noche misma,
                                   y se deshabitan los lechos y los años
antes de conocer a ciencia cierta con quién se han compartido.

“Porque yo te busco tiene el camino
no sólo distancia sino sentido
y aunque me cueste hallarte
voy a morirme de caminar.
Sé que me andas buscando
porque te he visto la soledad.” (1)

Cierto. Es mil veces preferible
                                               una buena canción a un mal poema.



(1) ...”Zamba del que anda solo”,  de Chacho Echeñique y Carlos de Mendoza



 
 (Biblioteca Nacional, 9 de mayo de 1996. In memoriam J. Teillier)


© Leonidas Rubio
2012

lunes, 15 de octubre de 2012

DOS OBJETOS REINVENTADOS A LA ORILLA DE LOS CUERPOS



1.- EL ANILLO

No crea, eso es tal vez decir:
¿No siente, no ama ni pregunta?

J. Lezama L.



Me expulsaba de sus calles,
me expulsaba de sus próximos recuerdos, de antemano
me sacaba de su olvido. Me expulsaba de su cuerpo
y desde luego de su vida. Apretaba las nalgas y las puertas
de su mundo para no dejarme ver, para no darme nombre
ni asignarme rostro entre sus muebles.
Contraía su órgano de ingreso,
borraba la taxonomía de sus lugares,
callaba su secuencia de edades
para no detener seres del aire
y atrapar seres de las voces.
Sellaba párpados junto con sueños
y succionaba mal pero yo le agradecía
todo intento de ala o nube, cualquier germen de ritmo,
todo atisbo de número o acorde yo le agradecía
como buen virgo que soy. Fue de más a menos
y se apagó antes del final
como canción mal ecualizada.
Mientras más mentía más fingí creer
y su verdad más deseable fue su mejor mentira.
Junto a la cama había tres objetos: el libro de Lezama
le habrá parecido un arma inofensiva;
el reloj un animal inútil.
Tomó el anillo. Mientras fui al baño lo guardó
y se llevó ese pedazo de nada parecido a oro
más triste que un ladrido rebotando en una esquina.
No robó de la noche lo que tuvo de beso
en un rincón de los cuarenta y cinco minutos
en que la piel confundió coincidencia con alianza.
Y siempre más lejos
nos fuimos por caminos mejorados en el error del poema
y se llevaba mi anillo. Residuos y resuellos, poca cosa.
Lo que sea para vender en el mercado negro del deseo.


2.- LA MONEDA



Después que hubo terminado
la sístole de cuerpos en el ritmo
de horas de magnificación mutua,
la diástole de pensamientos-forma,
episodios del deseo genitor
expandido en concierto de triple movimiento;
después de cifrar misterios,
neutralizar poderes,
corporizar instintos,
unificar potencias,
redimir desafueros,
aplacar arrojos;
cuando los órganos como objetos devueltos por las olas
fueron un buen mapa
de ciclos venideros en estado larvario,
quedó entre las sábanas
una moneda
que hizo visible alguna historia postergada en el bolsillo
al momento del desnudo de los nombres.
El muchacho la olvidó
demasiado abstraído en ser radiante
y el otro la conservó en un cuenco
sacralizándola y despojando su valor
para asignarle un sitio
en la orilla de los mundos más sutiles
que sólo algo aún más sutil puede enhebrar
al discurso diario de las percepciones.
Esa moneda es nueva cada vez
que va entre la mirada y el recuerdo.


jueves, 11 de octubre de 2012

PREGUNTAS DE OTRO





Yo preferí ser el húmedo campante
que huye.

Ángel Escobar


…otro por mí me sueña y va negándome

Carlos Pintado



¿Y yo qué sé de aquél
que libró una guerra a muerte con su doble
y se dejó vencer
y luego imitaba a su adversario,
suplantaba sus gestos,
desdoblaba una camisa de fuerza
con paciencia de domingo sibilino,
desayunaba el pan del día siguiente
y detuvo aguas
que nunca bebería?

¿Yo qué puedo responder
en nombre de nadie, menos
por aquél que fue aclamado
de un acto cometido cuando era otro?
Llevaba el mismo nombre por error:
uno debería llamarse digamos Ángel
para los días oscuros; Delfín
para el amanecer calipso en las arenas;
Antinoo para el tacto dulce en pie descalzo
y el primer aliento del día en las mejillas;
Adriano para las iras
y la herrumbre de los juramentos.

Todo hombre es una multitud.
Se impone temporalmente el más osado
en coincidir, u obstinado
en persistencias de costumbre.
¿Y qué voy a declarar
por ese que amó o consumó el placer sin desear
o conoció sin merecer
o permaneció sin presencia?

Recuerdo vagamente
haber sido un niño desnudo
inventando las manos de otro
y luego al que afeité frente a un espejo
ya era un desconocido.

Sólo se beben aguas detenidas
pero el que tiene sed no es el mismo que el saciado.

¿Yo qué sé del que escribe
o el que cantó
o se apropió una palabra para tender una trampa
y le han creído
aunque representaba pésimo
                                               al personaje?




© Leonidas Rubio
2012


jueves, 4 de octubre de 2012

CAÍDA LIBRE



Puente Padermo D'adda, Italia



El suicidio, lejos de negar la voluntad, la afirma enérgicamente.
Lo que ocurre es que el suicida ama la vida más que nadie,
tanto como para negarse a aceptar las pobres condiciones en que se le ofrece.

A. Schopenhauer



El suicidio es algo planeado en el silencio del corazón, como una obra de arte.

Y. Mishima

***


In memoriam


A Ciro Eugenio Milani: la música de una Raga hindú sería predecible, un poema de Pizarnik o de Tralk sería un sacrilegio, porque la búsqueda más elemental te hizo agotar en pocas horas la obra que dio y quitó sentido a una vida. He querido creer -perdona, le tengo pánico a la vulgaridad- que tu acción fue el compás más complejo de una sinfonía, la pincelada más prolija de un lienzo perfecto. Cultivaste tu muerte con paciencia de artesano, de instrumentista virtuoso, de amante prolijo: joyas, cuerpos, instrumentos: nada, si no obtienes de ellos la vibración definitiva, ésa que si se sobrepasa, es el desastre.

Algo de ti admiro. Algo de ti detesto. Sólo eso basta, muchacho, para no olvidarte.


Agosto, 2006

***



11 de abril de 2006
Agencia EFE

ROMA.- El joven italiano de 26 años Ciro Eugenio Milani, programador de ordenadores y publicista, se suicidó la semana pasada en la localidad de Paderno D'Adda tras anunciarlo y comentarlo con numerosos cibernautas en un 'weblog' durante tres meses. En este tiempo mantuvo su anonimato, hasta desvelar su verdadera identidad en otro 'weblog', con los últimos mensajes. Su página, titulada 'Antes de partir' ('Prima di partire') registraba numerosas visitas, hasta el punto de haberse convertido en uno de los foros 'on line' más concurridos en Italia, publica el diario Corriere de la Sera. El suicida anunció el modo de su muerte (salto al vacío desden el puente de la localidad), la técnica que debía utilizar, la fecha y diversas preguntas sobre pequeños problemas que le surgieron al programarlo, que resolvía a través de las respuestas de los usuarios del foro, señala el rotativo. La principal causa de su suicidio, según sus confesiones, era “la de no estar satisfecho de su vida y ver imposible hacer nada por cambiarla”, tras lo que escribió un mensaje de despedida en el que afirmaba sentirse feliz por su decisión. Los cibernautas lo bautizaron el Novio de la Muerte.


La 25esima ora. July 12th, 2005


No, non è andato come il mio giorno perfetto.
Sono stato impegnato: volevo sistemare casa oggi, ma ci sono riuscito solo in parte.
Ho buttato un sacco di cose. Ho distrutto un sacco di cose (mi manca solo da distruggere i Moleskine). Poi farò una doccia. Poi butterò le ultime immondizie.
Poi salirò in macchina e andrò dove ho deciso di farla finita.
Adieu.



Da OD
September 3rd, 2005

Un grazie e un abbraccio a tutti quelli che hanno avuto una parola buona per Ciro.

(Del weblog “Prima di partire”)

***

Impulso




Alguien abrazado a sus rodillas.

Va a salir, va a expulsarse de su mente
donde reside la invención del movimiento.

No tiene por quién morir, es libre.
No cree en nada: no odia.

Ya probó sorber el alma
con un hueso hueco
que no logró extraer sustancia.

Ya probó la danza
descalzo sobre brasas
y cuando más esperaba del dolor, se apagaron.

Ahora se mece en el borde del puente.

Desde allí la ciudad es una mancha,
sombra de sus días en lisura, cero varado
después de la pendiente,
paloma de alas quebradas.

Sentado al borde
                        huele, roza la orilla de las noches,
                        -la frontera entre olvido y memoria-,
                        lame sus rodillas, sus brazos, su sexo,
                        se balancea en la cornisa, camina
por el pasamanos de otro puente de juguete
arrebatado a un dibujo de primaria
                        demasiado cruel para ser imposible,
                        devuelto a la realidad
por un golpe de credulidad absurda.

Intenta entrar en su cuerpo
donde no sienta la caída.



El vacío es una zona de su piel
que no ha sido tocada.
El salto es su placer negado.

El puente de Padermo D’Adda se ha justificado,
redimido por un acto
no soñado ni por los más grandes utopistas,
no imaginado ni por diestros trazadores.

(Intenta entrar en su cuerpo
donde no sienta la caída)

El vacío es una zona de su piel
que está a punto de ser descubierta.



Despegue




Desnudo boca abajo:
                                   cáliz sobre sábanas.
El blanco -Su blanco- hiere la noche
                                   pero la noche es indiferente.



                                   Piel como agua detenida.
Un nombre, aullido en una jaula.
                                   Un nombre, cáscara
                                   sobre un charco.

Catre, pavimento, pasto seco, lodo.
                                   Nada debajo; desnudo
                                   cuelga de todo, excede,
                                   reposa en una mano, la invita a cerrarse.

                                   Diluye llanto con lluvia,
                                   besa el mármol tibio de su infancia,
                                   flota en música de agua sobre vidrios,
                                   sobre un rostro
absorto en flores percutidas por gotas, alas,
sobre el pozo blanco de su espalda, agua
                                   devuelta a la corriente
arrastrando leños, cuerpos, huesos
                                   en danza, en círculo, en torno a una luz
                                   que hace todo más oscuro.
Ríe oyendo esa lluvia,
                                   ...pero no llueve.

Más allá la ciudad se posa sobre una colina,
                                   polilla sobre un papel refractado
                                   por el albedo de una llama,
                                   antes de ser aplastada por un dios
                                   que corre borracho del cuarto al lavabo
                                   sobre el pasillo por donde hay que volver
al lugar de los salvados.

Ese dios arrepentido, hijo del azar atómico
                                   en un juego de canicas, ese dios virgen
                                   que frota su sexo contra una almohada,
                                   inventa la ciudad, integra, aplasta la ciudad
                                   en todo de golpe y siempre adentro.


Niño que habrá hollado la arena
                                   amanecido de espuma, crucífero en vientos,
                                   con el miedo siguiéndole, la sombra ladrando
                                   con temor de él,
la soledad queriendo ver a través suyo,
                                   el odio aprendiendo de él a desmesurarse,
                                   dejando junto a él una baba viscosa
                                   que fueron a lamer los adictos a su belleza.

Y le creyeron a salvo, tan dulces sus hostias, tan leves sus pasos.
Blanco de su cuerpo boca abajo,
color tan hondo de un salto en picada
hacia la indemnidad cruel del sin remedio.

¿Cómo creció ese árbol salvaje
en que se fueron colgando sus mayores?
Así cayeron sus hermanos
donde fue a dar su único dibujo
repetido incansablemente sobre ruinas
en calles que hablaban otro idioma,
ese dibujo que volvió a inscribir con un cuchillo
en la corteza del árbol de silencio
y tatuó en un lugar de su cuerpo
                                   que jamás podría ser franqueado.

Ahora baila -demasiado liviano para permanecer-,
                                   gota sobre un piano cansado de dormir,
cansado de llorar cuando revientan las olas, baila,
                                   incisivo,        
                                                           cortante,
                                                                                  tenso,
                                                                                                          baila,
donde nadie pueda desearle,


ni juzgarlo, donde nadie intervenga entre él y su corazón
                                                                       devuelto por las olas.
Boca abajo,
                                   sobre el número quieto del fuego de piedra
                                   que lo va envolviendo sin consumirlo,
de vuelta a su origen, a su sangre,
en gesto de bandadas hacia nidos estropeados .
           



Impacto


Ya se extiende sangre alrededor
                                   y él es polen al centro
                                   abriéndose en murmullo,
                                   visitado por lunas,
                                   fértil por aliento propio.

¿Edad? Todas. La primavera rebalsada
                                   en bordes de un caldero herviente,
                                   relamida en las comisuras, paladeada por vicio;
                                   el regusto del otoño en una copa sin residuo,
                                   en dedos engolosinados de duda.
Inviernos y veranos que no existen
                                   sino en el olvido de algunas herramientas.                               
¿Edades? Ninguna: tiempos de una esfinge.

Ahora, allí, recién llegado,
                                   cristal de gota
                                   a salvo de oradores y horadadores.
Rodeado
y no penetran; medido
                                   y no hacen contacto.
Cuchicheo, balance, el deporte de las culpas
                                   corroe su línea rosa,
                                   numeración áurea recién inventada.
Y es que dejó a la novia insatisfecha, sola
                                   en medio de un gemido.
                                   No tomará su turno en el andamio,
                                   ni rendirá más curvas en el gráfico.
Se hablará de salud
                                   y sus mil contorsiones.
Si estuviera cubierto por una bandera
tendría medallas
y discursos
                                   pero nadie vio venir esta trinchera gratuita.
La obscena vejez tropezó antes.
Como los viejos maestros a los dulces efebos
                                   se hizo amar por los Dioses, 


esos impacientes
que reclaman la llegada de sus consentidos.
Tan lento en caída libre
                                   a brazos que rehúsen el impacto, 
nadie mereció ese rictus
                                   con el placer del último espasmo, siesta
                                   de domingo sin llaves,
                                   mejillas de sal nítida y propia.

¿Qué provecho ahora? ¿Qué obtendrán
                                   los hurgadores de vestuario? ¿Necrofilia
                                   o canibalismo
                                   en el menú del cálculo?

La democracia de los órganos
                                   liquida sus saldos y oraciones.
¿Cuántos querrán marcar dientes
                                   en este hueso de otra alfarería?
Pero ya no hay nido para rastreo de mendrugos.


Eclipse en un espejo, mar
                                    recogiéndose en preludio
                                   de beso violento, de oleaje sin resaca.

Lirio de hielo arrojado sobre llamas líquidas.

Boca abajo, en un último paso de danza
                                   apoyado en ambos platos de la Libra,
de regreso al ángel, vibración de arco,
acorde de vidrio, tallado por la mano
de Fidias o Arno Breker.
Salvado del Vesubio en brote de lejía,
preservado en un daguerrotipo de Nadal;
Boticelli, el fisgón, habría envidiado
el desplazamiento de una gota
                                   desde la nuca hasta el hombro,
                                   desde el torso hasta el ombligo
sin poder capturar explicaciones, sin saber
                                   atrapar otro vuelo que zumbido. Clare Terry
                                   cantaría al oído del león echado
                                   junto a un piano donde todas las teclas son negras.

Si se pudiera conservar así
                                   detenido en el braceo,
                                   estilo ciervo, estilo mariposa      
                                   o más hondo en la estación fértil del pantano,
                                   libélula posada sobre loto.

Si se pudiera conservar así, un segundo antes del suelo
al que subió en un juego opuesto,
obturado por un rayo de sombra,
salido de ojos múltiples de insecto
que aletea atrapado;
si se pudiera verter bálsamo de faraones
sobre el cuerpo en galope,
no habría curador para un retoque,
se obtendría el ídolo de cera
para la danza del hacha que sucede al delirio.

Ahora queda allí
quien bebió altura
hasta decantar en su propio bebedizo,
acudió a los ecos, a las señales de sus manos
                       llamándose a sí mismas
proyectadas sobre un muro a contraluz
en un sueño roto que filtró su contenido
sobre el pecho.

Miran todos
y es mirar un sol recién nacido.

Libre de significado en argamasa de ellos
toma la forma más cercana al ocaso,
pistilo al interior de una corola explosiva
reunido en abismo ensordecedor, poro
por donde cae el mundo
a un vórtice escarlata, a un recipiente de voces
proscritas del sonido.

Sólo así sabrán que tarde o temprano
la luna
siempre cae
y el mar
nunca
se arrepiente
de llamarla.

© Leonidas Rubio, 2012